Tras el bombardeo de Lexington y el avance imparable de la radiación hacia Knox County, el Chief de E.X.O.D.O solicitó al Forjador de los Ronin evacuar a los supervivientes de New Muldraugh al búnker gubernamental. Robert Bledskia aceptó, comprendiendo que si la población desaparecía, también lo haría cualquier posibilidad de estabilidad en la región. Ronin y Scouts trasladaron a los civiles mientras nuevas tormentas radiactivas se aproximaban.
Los Incursores confirmaron lo peor: oleadas de Merodeadores irradiados avanzaban en grandes hordas y E.X.O.D.O había desaparecido por completo. Según los rumores, la organización había obtenido información sobre los responsables originales del virus de 1993 y de los ataques nucleares posteriores, abandonando Knox en busca de respuestas.
Ante el colapso exterior, el Forjador tomó una decisión irreversible: sellar el búnker. Durante años, los supervivientes resistieron bajo tierra con recursos limitados. El encierro trajo tensiones, disputas y desgaste psicológico. El aire se volvía denso, los suministros escaseaban y mantener el orden exigía disciplina constante.
Aun así, los Ronin mantuvieron la estructura interna. Se establecieron rutinas estrictas, entrenamientos continuos y expediciones calculadas a la superficie para evaluar la radiación y recuperar recursos. Los informes eran claros: Knox estaba invadido por vegetación salvaje, zonas contaminadas y Merodeadores cada vez más agresivos.
Mientras tanto, en la superficie, los Carroñeros sobrevivieron donde otros habrían perecido. Adaptados a la irradiación y al combate constante, evolucionaron hacia una cultura tribal y brutal. Marcados por el símbolo del cuervo de sangre, se convirtieron en los señores de la superficie. Cualquiera que no portara su marca era considerado presa.
Con el paso de los años surgieron pequeñas comunidades dispersas, supervivientes que aprendieron a vivir entre ruinas, radiación y hordas. Los Ronin continuaron actuando como mediadores y protectores, siempre fieles a su neutralidad y a su código.
En 2008, con los recursos del búnker agotándose y la necesidad de expandirse haciéndose inevitable, Robert Bledskia ordenó abrir las puertas. Los refugiados regresaron a la superficie transformada, conscientes de que Knox ya no era un territorio civilizado, sino un escenario de lucha constante.
El encierro terminó.
La superficie pertenece a los más fuertes.